Seguramente habrás escuchado en algún momento el concepto de “inteligencia emocional”, que definiremos como aquellas capacidades y habilidades psicológicas que nos permiten entender, modular y hasta modificar nuestros estados emocionales. Estas habilidades se extienden a los demás también, por lo que hablamos de que una persona emocionalmente inteligente no sólo conoce sus estados emocionales si no que puede comprender el proceso del otro aún sin estarlo viviendo en primera persona, y ser empático con su dolor o su vivencia.

 

De eso se trata la inteligencia emocional, y la importancia que tiene el conocer y expresar nuestras emociones, tanto frente a nosotros mismos como con los demás. A pesar de que es una materia que no cursamos en las escuelas, en la vida podemos ir aprendiendo poco a poco como estar en contacto con aquello que sentimos, y desarrollar la cualidad de introspección para con nosotros mismos. Comprender que el manejo que tengamos ante nuestras emociones nos servirá (o no) como estrategias de adaptación al medio que nos encontremos, ya sea en el ámbito laboral como el personal y el familiar.

 

Si reflexionamos un poco más sobre ello, podremos encontrar situaciones en las que fuimos nublados por alguna emoción- aunque no nos demos cuenta. Alguna conversación que escaló de tono por la emoción que desató en mí, llevándome a olvidar los aspectos racionales que anteriormente había considerado en la misma conversación. O tal vez podemos identificar cómo nuestras decisiones son influenciadas de una manera u otra por nuestras emociones.

 

Ante dicho escenario, lo importante es auto conocernos: tomar consciencia sobre cómo nuestras emociones afectan directamente sobre nuestra manera de actuar, cuáles son dichas situaciones que nos activan más y conocer nuestros puntos débiles, para postergar la toma de decisiones importantes en dichos momentos y conectar con nuestro cuerpo y la vivencia de dicha emoción en nosotros.

 

El próximo paso es la regulación emocional, o nuestro autocontrol. Es aquello que nos permite reflexionar y dominar nuestras emociones, para no actuar por impulso. Cada emoción nos transmite un mensaje, y es parte del proceso poder nombrar la emoción y conocerla: saber cómo, cuándo y dónde prestarle nuestra atención, los pensamientos que están mediando entre el hecho y mis emociones, y las maneras en que utilizó el lenguaje verbal y no verbal para expresar dicho estado de ánimo. Aquí tiene gran relevancia las narrativas que nos contamos sobre los eventos que vivimos y las personas con las que tenemos contacto: ¿Estoy juzgando sin conocer todos los datos?, ¿Esto que siento es tristeza o enojo?, ¿De qué manera puedo apartarme de esta situación hasta calmarme y pensar de manera más clara?

 

Y por último, trabajar nuestra empatía o el reconocimiento de las emociones en los demás.

 

De nada nos sirve ser los más preparados académicamente, los más inteligentes o exitosos si no podemos convivir de manera sana con los demás. Y para poder llevar relaciones satisfactorias, es clave el reconocimiento del otro. Muchas veces nos enfocamos tanto en nosotros y lo que nosotros “queremos, merecemos y necesitamos” que nos olvidamos que cualquier relación se trata de dos personas que están en constante interacción. Poder detectar e interpretar las señales que los demás nos brindan nos facilita el camino de que el otro conecte conmigo, y consigo mismo. Nos ayuda a establecer vínculos interpersonales más estrechos y duraderos con los demás, porque no sólo se trata de yo entenderme, si no de mi interés genuino de entender al otro y sus formas: conocer su historia, qué es aquello que le hace sentirse avergonzado, por ejemplo. Cómo mi manera de hablar y los mensajes que transmite hacen sentir al otro, si al comunicarse exijo comportamientos o demandar atenciones, o si más bien expresar deseos y no obligaciones. Si respeto o no los límites de los demás, y si me pongo en sus zapatos cuando me comparten experiencias vividas sin buscar cambiarlos, sino entenderlos.

 

Son todos estos factores los que pueden potenciar el conocimiento y expresión de nuestras emociones, los que me ponen en contacto con lo más íntimo de mi historia personal y me permiten comprender que en ocasiones, quiero llorar y puedo hacerlo. Que tengo el derecho de expresar cómo me siento ante los comentarios y actitudes de los demás, y que los demás cargan con la misma libertad de hacerlo. Al principio puede parecer un campo minado para nosotros, cargado de incertidumbre e inseguridad, pero a medida que vamos poniendo en práctica la verbalización adecuada de nuestras emociones, notaremos cómo nos entendemos más y mejor a nosotros mismos, facilitando así la comprensión y armonía con los demás.

 

Patricia Betances Vásquez
Psicóloga Clínica y de la Salud
Máster en Psicología Clínica basada en la evidencia
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