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Las personas somos seres sociales y afectivos y en consecuencia tendemos a la filiación. Según las circunstancias y el ciclo vital en que estemos optamos por relaciones casuales o de larga duración, cada una de estas nos impregnan huellas. Generalmente las secuelas varían desde el éxtasis profundo al peor de los desencantos. 

Haber vivido una relación difícil no es necesariamente sinónimo de “trauma”,  desarrollarlo dependerá de cómo cada quien “internaliza las vivencias” y la significación que arraiga a estas.  

Nuestra sociedad nos empuja y casi obliga a la superación constante, incluyendo cuando se trata de la afectividad. No nos permiten vivir los duelos correspondientes a las pérdidas y separación de aquellos que en algún momento fueron un eje importante para nosotros. Usualmente alentándonos con frases como: “no valía la pena” “más adelante vive gente”, etc., nos castran los sentimientos, nos paralizan el duelo, nos interrumpen nuestro proceso natural de sanación y lo peor es que muchas de las veces es bajo la mejor de las intenciones: no vernos sufrir. 

Como resultado vivimos en una sociedad donde la gente acumula heridas y constantemente desarrollan traumas afectivos que interfieren con el disfrute pleno de su vida e incluso su sexualidad.

Se inician  relaciones nuevas bajo el manto de las falsas apariencias donde por supervivencia afectiva muestran fuerza en vez de dolor; jugando roles de lucha de poder terminan haciéndose daño mutuamente y todo porque ambos han sido víctimas de dolores inconclusos. Sin darse cuenta terminan acercándose a uno de los miedos colectivos: la soledad.

Hago un llamado a la conciencia social, no seamos testigos silenciosos del dolor ajeno, no actuemos como cómplices de la ignorancia afectiva; optemos por validar las emociones humanas, entender el malestar ajeno y sobretodo ayudar a aliviar el sufrimiento. Hagámoslo a través de la comprensión, el cariño y el respeto. Regalémonos en lo adelante el espacio y el tiempo necesario para la curación, donde podamos continuar sin presiones, ni ataduras pasadas; y si para ello es necesario de ayuda profesional busquémosla, total el resultado es prometedor: una relación sana duradera.

 

Camille Gutiérrez K.
Psicóloga Clínica
Máster en Intervenciones en Crisis y Traumas
Máster en Psicología de la Intervención  Social