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Un bajo estado de ánimo puede afectar el interés que tenemos en hacer actividades, actividades tan sencillas como bañarnos hasta compartir con nuestros seres queridos. Si disminuye el interés, al mismo tiempo se vuelve un círculo vicioso en el que nos mantenemos aún más inactivos porque a largo plazo nos mantenemos en la inercia y se refuerza el bajo estado de ánimo.

 

Cuando realizamos actividades que nos resultan placenteras (que llamaremos agradables, de ahora en adelante), obtenemos muchos beneficios como son:

 

  • Aumento en el contacto con las personas cercanas a nosotros, ya que muchas de las actividades pueden ser acompañados y hasta servirnos de puerta para compartir y explorar nuevas relaciones mientras se efectúa y se disfruta de por ejemplo, una clase de baile.

 

  • Nos sentimos más contentos, y a su vez, más sanos, ya que al permanecer activos, en contacto con más personas y con la naturaleza, percibimos que nuestros días son mejores y más activos, brindándonos mayor bienestar con nosotros mismos. 

 

  • Nos conocemos mejor a nosotros mismos y profundizamos la relación más importante que tenemos: la personal. Sabemos cuáles actividades disfrutamos más, cuáles se pueden convertir en un hobbie, y cuáles nos conectan a nivel más profundo. De igual manera, nuestras relaciones interpersonales mejoran ya que al compartir tiempo de calidad e intimidad con los demás, se fortalece el puente de confianza y cercanía con nuestra pareja, amigos, familiares. Y esto en sentido general, suele aportarnos a nuestro día a día. 

 

Hay ciertas consideraciones que se pueden tomar en cuenta a la hora de hablar de actividades agradables, como la variedad de las mismas, las diferencias que podemos tener en nuestros propios gustos (un día queremos cocinar pero otros días no lo disfrutamos tanto, ya sea por la receta, compañía, o demás factores). 

 

También es importante que le demos énfasis a aquellas actividades que realizaremos solos, ya que muchas veces estamos acostumbrados a estar con gente y pensar en encontrarnos con nosotros mismos resulta “desconocido”. Puede ser que hayamos pensado que ir a cenar sin compañía es una locura, o que la gente que va al cine sola es “rara”. Pero nada se aleja más de la realidad: pasar tiempo con nosotros mismos, controlar la actividad que haremos, no depender de alguien más nos sirve como una herramienta terapéutica para fortalecer nuestro autoconcepto y autoestima. De igual manera, desconectar de las conversaciones y estar en silencio (como sentarnos en un parque con un libro y pausar cada cierto tiempo a reflexionar), nos invita a pensar y estar en contacto con nuestros pensamientos y emociones. 

 

Viviendo en unos tiempos en los que estamos siempre conectados con los que están lejos, respondiéndonos unos a otros de manera automática, es un lujo y a la vez un desafío pausar estas interacciones de fácil acceso para conectar con nuestro interior, conectar con aquello que muchas veces no queremos ver de nosotros mismos pero que nos llevaría a ser más conscientes de nuestra situación emocional interna y acercarnos y brindarnos la atención que nos merecemos. 

 

No obstante, las interacciones compartidas también son importantísimas. Muchas veces, compartimos con personas que nos activan la motivación a realizar ciertas actividades que si estuviéramos solos no nos atreveríamos ni a pensar hacer. Muchas veces es el caso de personas que disfrutan pero también temen un poco de las montañas rusas. Hacer esta actividad significaría disfrutar de la adrenalina que supone y a la vez exponernos a ese pequeño miedo que probablemente no haríamos estando solos, pero por dicha compañía nos lanzamos a la aventura y terminamos disfrutando sobremanera. 

 

Hay actividades que pueden ser breves y aportar grandes beneficios, como aquellas enfocadas en la exploración de los sentidos: tomarnos el tiempo de oler una flor, disfrutar de algún aroma, caminar por cierto sendero con calma, recordar alguna canción o tomar una taza de nuestro té preferido. 

 

Planificar dichas actividades agradables, primordialmente al inicio y con miras a potenciar nuestro estado de ánimo, implica incluirlas de manera paulatina en nuestras rutinas y evaluar el grado de satisfacción que nos generan. Nos puede ayudar hacer un listado de aquellas actividades que podemos realizar, tomando en cuenta nuestro estilo de vida e intereses, al igual que actividades que tal vez disfrutábamos en el pasado y por alguna razón dejamos de hacer. Otro aspecto a tomar en cuenta para dicha realización es el esfuerzo que implicaría llevarla a cabo (todo esto, del 1 al 10 siendo 10 el de mayor); y si es una actividad que implica hacerla solos o acompañados. Una vez pautemos esta información, nos puede ayudar destacar aquellas actividades que implican mayor grado de satisfacción y a su vez menor esfuerzo; incluirlas en nuestra agenda semanal, y si nos sirve llevar un registro de cómo nos sentimos durante dicha actividad, al igual que los beneficios y ganancias tanto a corto como a largo plazo de realizarlas.

 

Recuerda: nuestra mente es como una casa. Cuando cada uno de sus cuartos está lleno de pensamientos negativos, tenemos una mente negativa, o una casa oscura. Podemos “limpiar la casa” al cambiar nuestros pensamientos dañinos por pensamientos saludables. Una manera de hacer esto es por medio de las actividades agradables. Muchas veces las actividades agradables generan pensamientos de mayor bienestar para nosotros, que pueden tomar el lugar de los dañinos. Podemos entonces potenciar el equilibrio y salud de una mente y estado de ánimo más estables. 

 

Si te preocupa tu estado de ánimo y lo que conocemos como anhedonia o incapacidad para experimentar placer o interés de aspectos agradables de la vida, puedes consultar con un especialista de la salud mental para que te ayude a encontrar la raíz de este malestar y brindarte las herramientas para sentirte mejor y con mayor ilusión.

 

 

Patricia Betances V., M.A

Psicóloga Clínica y de la Salud

pbetancesv@gmail.com