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En sociedades monógamas como la nuestra las relaciones afectivas-sexuales son fundamentadas en la exclusividad sexual entre dos personas unidas por un vínculo formal. El riesgo está en que se hace una promesa para toda la vida durante la fase del enamoramiento, que se caracteriza por un estado de excitación temporal, que como todo: tiene su fin. 

 

La infidelidad puede ser de varios tipos, pero el factor determinante para que se dé es: LA DECISIÓN. Por mucho que amemos a nuestra pareja es natural que en algún momento nos sintamos atraídos hacia otra persona, pero está en cada uno tener la decisión de ceder ante el deseo o no. De esta forma nos responsabilizamos por nuestros actos y no cabe espacio para el usual pretexto de que fueron las circunstancias, ya que estas siempre se presentarán a lo largo de toda la vida. 

 

La cultura machista hace que la traición masculina sea permitida y justificada, intentando con esto que se minimicen los daños que esta provoca. Nadie se ha librado de haber escuchado frases como: “los hombres son infieles por naturaleza”. Esto, en el fondo, justifica de antemano la infidelidad varonil aplaudiendo mientras la femenina se castiga, evidencia de discriminación de género. La infidelidad es igual de tóxica para la relación sin importar quien en la pareja la cometa, las secuelas de esta impactan de forma transversal la vida de ambos y de sus hijos. 

 

En el complicado ámbito de la traición relacional son muchos los factores que intervienen, no se trata solamente de satisfacer necesidades sexuales y emocionales, sino que van desde la necesidad de compensar vacíos en la niñez, hasta una manera de castigar y humillar a la pareja. O asegurar no quedarse solos, si la relación actual se acaba. En el caso de las mujeres en la sociedad actual, en ocasiones las impulsa el intento de igualarse con el hombre. 

 

Es típico que muchos infieles sean celosos y posesivos, ya que a nivel de la psiquis justifican sus actos extramatrimoniales suponiendo que su pareja hace lo mismo. Cuanto más culpables se sienten proyectan con más fuerza la culpa sobre su pareja. Haciéndolo convierten al otro en el malo, y esto les da la posibilidad de asumir menos responsabilidad por su comportamiento, ya que la culpa es compartida. 

 

Las relaciones paralelas suelen constituir un campo donde se intentan resolver miedos, ansiedades, necesidades, conflictos infantiles y en ocasiones hasta los sexuales.

 

Es importante destacar que en ocasiones la infidelidad se da por la repetición de conductas aprendidas de los patrones de los padres, he aquí la importancia de como pareja ser ejemplo positivo para nuestros hijos.

 

Los que han pasado por esto y quieren salvar su relación deben acudir por ayuda profesional para reconstruir lo que se perdió. Ya que una relación sana no solo se sustenta en la fidelidad sexual, sino también en la lealtad emocional.

 

Camille Gutiérrez K.
Psicóloga Clínica
Máster en Intervenciones en Crisis y Traumas.
Máster en  Psicología de la Intervención  Social.